Queda pues saber cómo nuestro rito puede hoy afrontar el futuro conservando el equilibrio justo entre estas aportaciones y nuestras expectativas. Para responder a esta cuestión tres observaciones son necesarias, si se quiere rememorar cómo, y por qué, nuestro rito se encontró, en parte, falseado y menospreciado desde el siglo XIX.

Suplantando por el Rito Escocés Antiguo Aceptado en los grados más allá de la Maestría,¿tuvo por ello el Rito francés que decir, en la Logia, que el tercer grado se basta por sí mismo y es suficiente su consistencia, por lo tanto, en cuanto límite, una terminación?

Esta cuestión fundamental merece detenerse en ella. Porque no hay ninguna duda de que la ausencia de respuestas condicionaría, un día cercano, el fracaso de nuestra reconquista identitaria. Esta incertidumbre, y con ella el consentimiento del Rito francés durante la primera mitad del siglo XIX, a prolongarse en el escocismo para negociar asuntos hiramitas deberá un día ser aclarada, si queremos remediar lo que hizo posible su disminución. Se convirtió entonces, en efecto, y por cerca de un siglo y medio, en el paso simple de un trayecto cuyo final estaba fuera de él. Un ritual básico que no puede pretender satisfacer ninguna profundización. La misma sencillez, que es su característica de origen, se hace en aquella época la prueba de su supuesta pobreza. Sin memoria, sin fundamento, nuestro rito nacional, que había tenido tanta influencia continental durante el siglo XVIII y bajo el Imperio, no es percibido desde entonces más que como una panoplia de usos degradados, al servicio de una institución - el Gran Oriente de Francia - que, pronto darán a entender algunos, no es ya completa y puramente masónico.

Percibido como rito que no se asume más como tal, simple perpetuación de prácticas acostumbradas sin conciencia para sus usuarios, el Rito Francés perdió así la centralidad sobre su propio territorio.

 

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