EL RITO FRANCÉS ENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD
Un carruaje entre las estrellas
Carruajes traqueteando por los caminos, repletos de preciosos útiles y herramientas y guiando a algunos de nuestros antepasados operativos, de una cantera a la otra. La imagen es sin duda demasiado bella. Sin embargo, en un principio, quines vagan son grupos de constructores que han organizado colectivamente las vidas, con toda su aspereza, pero también con la teatralidad destinada a dar relieve e importancia a su gremio. La recepción de nuevos miembros es, más que nunca, una práctica juramentada. El taller, noción ya bien asentada, se experimente como un “saber hacer” y conlleva ya un “saber ser”. Todavía la Francmasonería no es una <<Masonería>> de la madera o del metal: En el curso de los siglos, las herencias venidas de la cultura de la piedra consolidaron una inclinación geométrica, un contexto emblemático, signos, gestos, atributos, leyendas, ritos funerarios, de fórmulas secretas. Según las modas variables, el mapa identitario de una aristocracia del Oficio se mantuvo en sus expresiones y coreografías. Unas señas nos quedaron de entonces. Si bien no hubo en el curso del tiempo, como se ha pretendido, una evolución orgánica de los cuerpos operativos en Masonería especulativa, es cierto que hubo contacto y relación entre las personas, y esto, en las Islas Británicas, en el siglo XVII.
En este contexto, hubo transmisión y reempleo de materiales antiguos, tanto por el sentimiento de una noble herencia como por la búsqueda de una legitimidad que únicamente, en aquellos tiempos, podía conferir la antigüedad. Nuestros usos masónicos nacieron de ese matrimonio inesperado entre épocas y destinos, y por esta razón el Rito Francés, tiene esta naturaleza: entre la capa del operativo y las intenciones de Bernardo, el ermitaño especulativo que fuimos al principio. En el decorado, sobre el ancho escenario de nuestra identidad conviene precisar mejor los cimientos fundadores. Para ello, apartaremos de entrada a los taxidermistas quienes con su “rito de origen” (y de pureza) más que improbable, pretenden dar forma a una quimera y, en el fondo, imponer sus propios usos. Ahora bien, la cuestión de una base ritual, da igual si ésta ha sido extraviada –y finalmente eludida- a través del discurso perentorio sobre la Tradición con el que se nos impregna desde hace años, nos lleva a la búsqueda de <<fundamentos>>. ¿Cómo identificarlos?>>
La costumbre de reunirse en un lugar <<cerrado y cubierto>>, el porte de mandiles, el empleo de ciertos términos y una parte notable de nuestros usos constituyen, de hecho, unas prácticas comunes a la Masonería, en las que el rito denominado desde el siglo XIX como “francés” es además, es importante insistir en esto, remarcadamente fiel. Forman a menudo la base sobre la que se desarrollaran otros sistemas. Significativamente, los elementos más <<secretos>> y permanentes de estas prácticas, como la costumbre de retejar (interrogar) mediante un juego de preguntas y respuestas alrededor de una edad, una hora simbólica, las parejas de Palabras o bien el hacerse reconocer por signos y sonidos rítmicos, nos retrotraen a las prácticas más antiguas. De la misma manera y en el mismo orden de ideas, la postura a la orden y el paso de Aprendiz tienen un sentido preciso antes del surgimiento de la Francmasonería especulativa, el primero como un signo de respeto (a la manera de los saludos militares) el segundo para simbolizar el aprendizaje de una marcha de seguridad.
En el prolongamiento de estas constantes, y sin pretender con ello apoyarnos sobre una <<tradición>> conservada entera de pies a cabeza (algo inencontrable, repitámoslo), nuestras logias continúan hasta hoy emulando ese espacio profesional, con sus aprendices y sus compañeros, sus <<aumentos de salario>>, sus expresiones constructivas: tallar la piedra, trazar una plancha, poner a escuadra, pasar la llana, cubrir, retejar, etc. Continuamos poniendo la <<Geometría en obra>>, con trazados, figuras, piedras y utilización ficticia de herramientas. Porque es la Geometría la que constituye el <<Arte Real>>; la Masonería no es más que una aplicación práctica. En esta <<cultura de acogida>>, todavía viva en el modo que acabamos de ver, va a consolidarse un <<ritual>>. ¿El término está bien traído? Se trata de un término de aparición tardía, pues durante el siglo XVIII se utiliza sólo las palabras <<estilo>>, <<el sistema>> o <<el régimen>>. La puesta en movimiento de los usos operativos, rehechos en torno a una figuración del Templo de Salomón, va a permitir a un ceremonial simbólico el <<hacer como si>>, siendo otra cosa. La imagen del Templo, pensado como marco de universalidad y tolerancia, va a servir de soporte a una coreografía. Su representación, orientada, las columnas, el pavimento <<de mosaico>>, todo luciendo los numerosos símbolos del Oficio.
Esta fuerte imagen emblemática funda una cosmogonía, con su Cielo y su Tierra. Ella apela a un tiempo primordial. Entre lo profano antes de las columnas y los sagrado, más allá del tablero, está representada la logia-madre. Esta visión es a la vez conmemorativa y edificante. Si la cultura operativa ocupa aquí un lugar natural ( se <<tiene logia>>, en definitiva, delante del plano de obra), ella es exaltada mediante una representación arquetípica. El conjunto es ahora enfocado hacia la modernidad. Más exactamente, el dispositivo es puesto de golpe en una tensión entre la tradición y la modernidad, entre la imagen y su destino, entre lo legendario y la nueva función histórica de la que los hombres que son sus autores se saben causantes. Esta tensión es la cuerda vibrante de nuestro rito.
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