La Masonería Explicada

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Masonería y librepensamiento

El término librepensamiento nos remonta a los movimientos filosóficos del siglo XVII y XVIII y más concretamente al período de la Ilustración. Durante el Siglo de las Luces, numerosos pensadores, vieron en la razón el elemento esencial del progreso humano. De su mano se podían destruir ancestrales creencias inmovilizadoras y bajo su luz los hombres podían adentrarse en el estudio de la naturaleza y sus mecanismos, llegando a explicaciones lógicas de cuanto acontenía en el entorno.

Todo cambio produce, inevitablemente alguna rotura y las profundas modificaciones iniciadas en la Ilustración no fueron la excepción. Se inició la ruptura del sistema de pensamiento absoluto, inerte, en el cual la Iglesia, ostentaba el patrimonio del saber. La propia Iglesia, sus actuaciones pasadas y presentes, sus instituciones y sus hombres comenzaron a ser discutidos. La sacral envoltura que rodeaba a todo lo eclesial comenzó a rasgarse y los hombres de la Ilustración incluyeron a la Iglesia en su campo de reflexión. Ello dio origen a enfrentamientos con los librepensadores que marcaron de modo indeleble el posterior desarrollo del librepensamiento.

En las últimas décadas del siglo XIX, tras los procesos revolucionarios de principio de siglo, nos encontramos con un movimiento librepensador, con implantación en numerosos países, pugnando por estructurarse en ligas y federaciones. Sus integrantes se sitúan fuera, y en numerosas ocasiones, en contra de la religión. Propugnan un modelo nuevo, moderno en su propia terminología, de pensamiento y de organización social, con la razón y la ciencia por norte. Para ellos, la moral no debe sustentarse en creencias religiosas. Lógicamente, en cuanto los librepensadores intentaban llevar a la práctica sus ideas o propagarlas, chocaban con las instituciones involucionistas. La.Iglesia Católica entre otras. Tal situación llevó a una dinámica de enfrentamientos y descalificaciones.

Un movimiento ideológico de esas características debía prender con fuerza en la España de finales del siglo XIX. Desde los primeros años de la década de 1880 existieron en nuestro país organizaciones librepensadoras.

El librepensamiento y la masonería están profusamente unidos tanto en su dimensión internacional como en la referida a España. Algunos de los más destacados representantes del librepensamiento español fueron masones, y las ideas librepensadoras se encuentran en multitud de do*****entos firmados por organizaciones masónicas. Entre los personajes más representativos del librepensamiento español, en los cuales concurría, además, la condición de masón, podemos citar a Fernando Lozano Montes, Ramón Chíes, Odón de Buen y Rosendo Arús, organizador éste último de la Unión Barcelonesa de Librepensadores y fundador de la Gran Logia Simbólica Catalano-Balear. Todos ellos colaboraron en la difusión de las ideas librepensadoras a través de opúsculos y revistas. Como dato significativo de la mutua imbricación entre masonería y librepensamiento, Fernando Lozano firmaba sus escritos de corte librepensador con el seudónimo Demófilo, su nombre simbólico en la masonería. Pero globalmente se puede afirmar que los establecimientos masónicos y los propios masones constituyeron un amplio apoyo, del movimiento librepensador, llegando en ocasiones a confundirse. La decadencia del movimiento librepensador coincidió con la crisis de la masonería en los últimos años del siglo XIX. Pero las ideas librepensadoras no desaparecieron del discurso masónico. En fechas posteriores encontramos conceptos y enfoques librepensadores en numerosas proclamas masónicas, lo que nos confirma la importancia de ese movimiento en la historia de la masonería española.

La ciencia y la masonería

Para poder confeccionar correctamente una panorámica sobre las relaciones existentes entre la Ciencia y la masonería en España, ha de plantearse un doble nivel de análisis. En primer término, tendremos que conocer cuál fue la toma de posición de las instituciones masónicas como tales. Después tendremos que estudiar los casos concretos de científicos de los cuales conozcamos, con datos fidedignos, su vinculación masónica.

La institución masónica puede ser catalogada como plenamente favorable de todo lo científico, de la Ciencia y de sus avances sin ningún tipo de recelos. No podía ser de otro modo. Uno de los grandes principios masónicos, grabados en el frontispicio de su edificio filosófico, es el progreso de la humanidad. Consecuente con ello, todo lo que suponga un avance social, una mejora material o espiritual del común de los hombres, y la Ciencia proporciona multitud de ejemplos, recibe los beneplácitos de la masonería. Con mayor o menor explicitud, esas ideas pueden encontrarse en las declaraciones de principios, textos básicos en donde se marca la filosofía de la institución, de las diversas obediencias masónicas. Un caso bien diáfano nos lo ofrece la declaración de principios de la Gran Logia Española, vigente durante la II República. En su segundo párrafo se especifica que «la masonería no reconoce más verdades que las que se fundan en la razón y la ciencia, y con los resultados obtenidos por esta última combate las supersticiones y los prejuicios sobre los cuales fundan su autoridad todas las Iglesias». En esas breves líneas queda reflejada otra de las razones del interés por la Ciencia de la masonería, o al menos una corriente dentro de la misma. Le proporciona sólidos argumentos en su particular combate con la Iglesia.

Junto a este interés institucional de la masonería por la Ciencia, encontramos otro dato relevante: algunos de los científicos españoles, han tenido vínculos con la masonería. Sin intentar ofrecer un elenco exhaustivo, imposible de determinar por el momento –téngase en cuenta que aún nos es desconocida parte de la historia de la masonería española– podemos señalar la figura de Luis Simarro, iniciador de la psicología científica en nuestro país, Santiago Ramón y Cajal, premio Nóbel de medicina por sus trabajos sobre el sistema nervioso o Arturo Soria urbanista y creador, entre otras cosas, de la Ciudad Lineal de Madrid.

Algunos de estos científicos, sólo estuvieron vinculados a la masonería durante una pequeña etapa de su vida. Por lo general sus primeros años de ejercicio profesional. Es el caso de Santiago Ramón y Cajal. Pese a no existir una reflexión autobiográfica sobre los motivos que lo impulsaron a afiliarse, nos resistimos a pensar que fue un pecado de juventud. En los años en que se produjo su afiliación, 1887, la masonería podía ofrecer un espacio para el sereno intercambio de opiniones, de convivencia con personas relevantes que cualquier espíritu inteligente e inquieto podía aprovechar. Después el devenir vital pudo ofrecer otras posibilidades que implicaron el alejamiento de la masonería.

La trayectoria biográfica de Luis Simarro presenta rasgos notablemente diferentes. Médico, catedrático de la Universidad Central, fue uno de los iniciadores de la psicología científica en nuestro país. Pero junto a la faceta profesional debemos añadir la masónica. En el caso de Luis Simarro la actividad masónica no estuvo limitada cronológicamente a un período de su vida. Fue un masón relevante. Sus hermanos, en reconocimiento de sus méritos, lo eligieron Soberano Gran Comendador, el máximo cargo, del Grande Oriente Español, la obediencia masónica más numerosa, en marzo de 1913. Desempeñó sus funciones hasta 1919, en que fue nombrado Gran Maestre, cargo que ejerció hasta su muerte en 1921. Nos encontramos ante un personaje, en el cual las biografías masónicas y profesionales se entrelazan mutuamente y presentan, ambas, cotas de gran relevancia. En ocasiones es difícil, y a veces imposible, conocer con completa exactitud la importancia que tuvo en la vida de las personas su vinculación a la masonería. En el caso de Luis Simarro todo conduce a señalar que la masonería ocupa una importante parcela en su vida.

La educación y la masonería

Casi siempre que se pronuncian las palabras masonería y educación se tiende a pensar en la actuación de la masonería en el campo de la enseñanza, por medio de diversos tipos de instrumentos: centros docentes; presiones en la orientación de la política educativa; influencias de políticos con vínculos masónicos y con responsabilidades en la administración educativa… Sin restar importancia a tales aspectos centrados en la actuación de la masonería en el mundo externo a ella, quedarnos sólo en ellos sería conocer una parte de la realidad. Porque la educación puede y debe ser contemplada como una actividad interna de la masonería.

La masonería es, por definición, una sociedad iniciática. Y como tal, debe ser considerada como una escuela de formación de sus integrantes. Desde esa perspectiva educativa, el objetivo de la masonería no es inculcar a sus adeptos, un conjunto de conocimientos, sino, fundamentalmente, principios filosóficos y un sistema de valores. Según nos enseña la propia historia de la orden, el ideal de hombre que la masonería quiere formar debe estar en posesión de tres cualidades básicas. Ha de ser una persona ilustrada, moral y libre. Ilustrado para que pueda aportar con su estudio algo en la tarea de progreso que la masonería propugna. Moral para que distinguiendo el bien del mal, contribuya a la felicidad propia y de los que le rodean. Libre porque sin libertad no se puede ser responsable. Y sin responsabilidad no se puede afirmar la persona. Otros sectores masónicos han dado un matiz especial a esta última cualidad, interpretando la libertad en el hombre, como la ausencia de presiones externas, fundamentalmente provinientes de la Iglesia Católica.

Para alcanzar esas metas la masonería dispone, prioritariamente, de los trabajos en las logias. Los masones integrados en un.l Iogia se reúnen en reuniones o tenidas. En esas asambleas los masones leen trabajos, confeccionados por ellos mismos, sobre la historia de la orden, ritualismo, posibles actuaciones en la vida profana, filosofía de la masonería, etc. Esos trabajos, llamados en el lenguaje masónico planchas, pueden ser encargados por el venerable maestro, presidente de la logia, o pueden presentarse a iniciativa de los hermanos, siempre que el venerable lo considere oportuno. El carácter formativo de las tenidas no debe ser pasado por alto. Uno de sus objetivos primordiales es proporcionar a los integrantes de la logia motivos de reflexión mediante esos trabajos.

El carácter formativo se vislumbra con claridad en otro punto clave de la organización interna de la masonería: los aumentos de salario. Esto es, el paso de los masones de un grado al superior. Los reglamentos de las obediencias masónicas especifican con detalle, algunos de un modo exhaustivo, esos procesos. Es regla común que para alcanzar el grado superior se debe permanecer un tiempo determinado en el inferior. El objetivo es que el aspirante aprenda y asimile los conocimientos suficientes para poder desempeñar correctamente las responsabilidades del grado superior.

También el masón aspirante a alcanzar el grado superior debe demostrar ante sus compañeros de logia sus avances en conocimientos masónicos. Para ello ha de presentar un trabajo sobre una temática ya preestablecida. De ese modo sus hermanos pueden comprobar si ha asimilado correctamente las enseñanzas de la orden y es acreedor del grado superior. Aunque esta es la norma general, las excepciones no han sido infrecuentes. Hay casos de aumentos de grados sin respetar los plazos establecidos debido a intereses espúreos y a compromisos personales. Pero también se han localizado logias, en las cuales las exigencias para las ganancias de grados superaban, con creces, la normativa establecida en los reglamentos generales de la obediencia.

Las tareas formativas de las logias no finalizan en las tenidas. Existen bastantes ejemplos de organización de otros instrumentos con fines educativos. Uno de los más frecuentes ha consistido en la organización de bibliotecas en las logias. Algunas con cierta precariedad, otras –sobre todo aquellas con un número considerable de integrantes y por tanto con mayores posibilidades económicas– con mejores condiciones. Hubo incluso talleres que dispusieron de cuotas específicas para la biblioteca, reglamento para su utilización y comisión ad hoc, responsable de su correcto funcionamiento.

También los organismos masónicos utilizaron con cierta frecuencia la conferencia. Hubo obediencia que en su reglamento disponía un plan de formación para los aprendices, basado casi todo él en conferencias. Pero además bastantes talleres organizaron, solos o junto con otras logias, ciclos de conferencias para sus afiliados. Los títulos de las mismas solían oscilar entre la temática propiamente masónica, rito, filosofía o historia de la orden, u otra de carácter general, pero casi siempre dentro de los intereses prioritarios de la masonería. En las menos ocasiones las conferencias eran abiertas al público en general.

Como señalábamos anteriormente, los talleres masónicos a lo largo de la historia han intentado influir en la sociedad en la cual se desenvolvían por medio de la educación. Desechados por principio los medios de actuación política, aunque dicho principio fuera múltiples veces in*****plido, la enseñanza se presentaba como un campo especialmente interesante para los masones. Las logias crearon escuelas, hubo más proyectos que realidades, y en todas ellas cabe destacar algunas características. Ideológicamente se situaron siempre en la esfera del laicismo. Por supuesto no se daba enseñanza religiosa y en ocasiones se impartía lecciones con textos masónicos. Metodológicamente apostaron en su inmensa mayoría por los nuevos sistemas propugnados por el movimiento de la escuela moderna y se distanciaron de la caduca enseñanza libresca imperante en la mayoría de las escuelas del país. En cuanto al alumnado estuvo reclutado en su mayoría, entre los más necesitados y los familiares de los masones, que así aseguraban una enseñanza ideológicamente afín para sus descendientes.

Aunque existen casos de escuelas sostenidas por logias masónicas con una amplia trayectoria en el tiempo, el conjunto de todas ellas presenta unas dimensiones numéricas reducidas. Existieron en nuestro país experiencias educativas que agruparon un número mucho mayor de profesores y alumnos. Tanto el movimiento de escuelas racionalistas, vinculado a los ateneos liberarios o las escuelas laicas, dependientes de los centros instructivos republicanos, contaron en sus filas con un número muy superior de alumnos y de centros docentes.

Otra vía de posible influencia de la masonería en la educación, es a través de personajes políticos con responsabilidades en la administración educativa. Es éste un campo profusamente publicitado por los autores de ideología antimasónica. Quizá el caso más palpable lo podemos contemplar en la II República. Durante los años 1931 al 1933, en los gobiernos presididos por Azaña, ilustres masones ocuparon altos cargos en el ministerio de Instrucción Pública. Masones eran Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos, los ministros de instrucción de esos años, y masón fue Rodolfo Llopis, director general de Primera Enseñanza. Además, coincidiendo con sus nuevas responsabilidades políticas, los tres fueron elegidos por sus compañeros masones miembros del Gran Consejo Federal Simbólico, máximo órgano del Grande Oriente Español, la rama mayoritaria de la familia masónica española. Pero no hay que dejarse llevar por conclusiones simplistas. Es cierto que fueron miembros del Gran Consejo, pero no es menos cierto que ninguno de los tres acudió, prácticamente, a ninguna de sus reuniones. Debido a esa imposibilidad para asistir a las reuniones, se vieron forzados a presentar la dimisión a mitad de mandato, con el fin de dejar paso a otros masones que pudieron colaborar mejor en las tareas de dirección.

La influencia de la masonería en la política educatica desarrollada por la II República no hay que buscarla en las consignas ni en los contubernios. Pensamos que es preciso dirigir las reflexiones en otra dirección. Tanto Marcelino Domingo, Fernando de los Ríos o Rodolfo Llopis no fueron masones ocasionales. Su vinculación con la masonería se remonta bastantes años atrás y aunque durante la 11 República estuviera debilitada, había sido intensa en los años precedentes. La influencia que en ellos había dejado la filosofía y los valores propugados por la orden no pudo ser escasa. Sin poder precisarla con exactitud, podemos afirmar que fue un componente importante de su propia filosofía vital. Y cuando actuaron desde el ministerio el influjo de la masonería no se manifestó mediante consignas sino a través de esa vía indirecta.

Por último debemos de señalar la existencia de ilustres pedagogos y educadores vinculados a la masonería. No los encontramos adscritos a un movimiento específico sino dispersos entre las más importantes corrientes reformadoras de la educación en nuestro país. Dentro de la Escuela Nueva tenemos que citar, además del propio Francisco Ferrer Guardia a Rogelio Columbie de nacionalidad cubana y asiduo colaborador del Boletín de la Escuela Nueva y a Cristóbal Litrán traductor de múltiples obras editadas poe la Escuela Nueva. En el espectro de la Institución Libre de Enseñanza, orillando conscientemente la influencia del pensamiento masónico en la obra de Krause, es preciso citar, además de Rodolfo Llopis y Fernando de los Ríos que ocuparon altos cargos durante la II República en el ministerio de Instrucción Pública, a Fabián Palasí director de la obra de la Institución en Sabadell y cuyos libros eran lectura obligada en algunas de las escuelas regidas por la masonería.

 

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